El estigma en la atención médica a pacientes con trastornos por uso de sustancias no solo afecta a la persona en necesidad de tratamiento, sino a sus familiares y allegados, causando frustración, cambios emocionales y hasta potenciales problemas financieros, entre otros efectos. A pesar de estas situaciones, el derecho a la salud está reconocido y protegido por la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales, donde se reitera como un derecho humano fundamental.
Así lo informó la doctora Luz Ramos, decana de Ciencias de la Salud y Tecnología de la Universidad Central del Caribe, durante el 4to. Simposio de Salud Mental y Uso de Sustancias, organizado por la Asociación de Salud Primaria de Puerto Rico.
“Esta protección garantizada significa que los gobiernos deben propiciar los contextos necesarios que permitan a los ciudadanos vivir lo más saludables posible”, afirmó.
Según explicó, esto incluye, pero no se limita, a la disponibilidad de establecer bienes y servicios públicos de salud, así como su accesibilidad física, económica e informativa. También, a no discriminar por razones de raza, color, sexo, nacimiento, origen o condición social, ni ideas políticas o religiosas. Igualmente, a la aceptabilidad en establecimientos, bienes y servicios de salud, bajo una ética médica. Además, que ese acceso a servicios esté culturalmente apropiado; sea sensitivo al género y etapa de vida y que consista de servicios de calidad, fundamentados por conocimientos científicos.
“Estos son principios básicos de los derechos a la salud. Sin embargo, se han vistos empañados por el estigma que predomina en algunas enfermedades, tanto físicas como mentales, en especial con los trastornos por uso de sustancias”, lamentó.
El estigma puede ser visible, como una discapacidad física, o invisible, como una enfermedad mental. Su existencia, dijo, implica la presencia de estereotipos, prejuicios y discriminación hacia aquellos que poseen la característica estigmatizada.
“Es una característica, comportamiento o reputación que es socialmente desaprobada o considerada como negativa. Es un atributo que marca a una persona como diferente y que disminuye su estatus dentro de la sociedad”, sostuvo.
Acorde a la experta, la estigmatización puede manifestarse a través de varias formas, incluyendo el rechazo social, la discriminación en el empleo o la vivienda y el aislamiento. También puede ser internalizada por la persona que sufre el estigma, afectando su autoestima y bienestar mental.
¿Cómo se afecta la familia en estos casos de trastornos por uso de sustancias? A través de una serie de conductas y emociones, como frustración, cambios emocionales, problemas financieros, más riesgos en otros miembros de la familia, cansancio y pobre auto cuidado, informó la psicóloga clínica.
¿Cómo las familias pueden ayudar? Durante la charla, Ramos enumeró una serie de estrategias que pueden adoptar. Algunas de las mencionadas fueron: no consumir alcohol y/o sustancias frente al paciente, no tener accesible drogas o parafernalia en el hogar y no darle o dejar dinero accesible para pagar sustancias. Además, dejarle saber su disponibilidad de ayudarle y hablarle de las posibles consecuencias de su conducta.
Para una mejor comprensión del concepto de estigmatización, la psicóloga dio a conocer la existencia de varios tipos. Entre estos, el estigma estructural o políticas discriminatorias que perpetúan la estigmatización, menor calidad de cuidados o servicios disponibles o falta de acceso a estos. También describió el estigma social como el miedo, desconfianza y menor empatía del público a personas que consumen drogas o dar un menor apoyo y prioridad a las intervenciones con estos pacientes. Además, se refirió a la autoestigmatización como el aumento de la misma persona en los daños asociados a sustancias, que no busque servicios por miedo y experimentar una reducción de su autoestima y esperanza en recuperarse.
“Menos disponibilidad de fondos para investigación y/o servicios relacionados a salud mental y trastorno por uso de sustancias también es un estigma estructural e institucional”, dijo al indicar que se anticipa que este tipo de estigmatización podría empeorar con la limitación de fondos federales asignados a estas áreas.
Por otra parte, la experta en salud mental comentó que el estigma se presenta diferente entre un paciente de salud física y otro de salud mental.
“El estigma o el miedo de sentir estigma también pueden evitar que alguien comparta su condición médica con sus parejas o familiares. También podría evitar que busquen los servicios de salud o salud del comportamiento y los servicios de apoyo que necesitan”, señaló.
A nivel clínico, informó, el estigma puede presentarse a través de diferentes conductas, como recurrencias, más hospitalizaciones, abandono de tratamientos, menos posibilidad de buscar ayuda profesional y deterioro de la salud mental, entre otras.
De acuerdo con la doctora Ramos, el año pasado los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) advirtieron que investigaciones indican que más del 75 % de las personas no consideran a los trastornos por consumo de sustancias como una enfermedad crónica, como la diabetes o enfermedad cardiaca. Además, deploró el que muchos profesionales de la salud se nieguen a atender pacientes por trastornos por uso de sustancias ya que no lo ven como un trastorno de salud mental y/o condición de salud.
Según varios estudios, dijo, algunos profesionales de la salud ven a los pacientes con condiciones de salud mental como propensos a la violencia y al distanciamiento social. Mientras, otros han manifestado sentir miedo al atender pacientes usuarios de sustancias o describen a estos casos como desafiantes, mentirosos, irresponsables y desmotivadores.
Por otra parte, comentó que es importante referirse a estas personas de una forma correcta y apropiada. Especialmente los profesionales de la salud, subrayó, deben enfocarse en un lenguaje neutro. En lugar de alcohólico, indicó, se deben referir a una persona con trastorno por uso de alcohol. Igualmente, en vez de adicto, la forma correcta de referirse en este caso sería como una persona con trastorno por uso de sustancias. Esto debe estar acompañado de un lenguaje empático, reiteró.













