Rescatistas después de un terremoto
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Por Dra. Catherine Oliver Franco
Administradora de ASSMCA

Hace apenas unas semanas, el mundo observó con angustia las imágenes provenientes de La Guaira, Venezuela. Dos terremotos consecutivos, de magnitud 7.2 y 7.5, redujeron edificios a montañas de escombros, colapsaron hospitales, interrumpieron servicios esenciales y transformaron, en apenas segundos, la vida de cientos de miles de personas. Mientras se llevaban a cabo las labores de rescate y el número de víctimas aumentaba, comenzó a emerger una realidad que suele recibir menos atención: el impacto que estos eventos dejan sobre la salud emocional de quienes sobreviven.

Para quienes vivimos en Puerto Rico, estas escenas despiertan recuerdos inevitables. Los huracanes Irma y María no solo destruyeron infraestructura y provocaron pérdidas humanas; también alteraron profundamente la salud mental de miles de familias. Los fenómenos naturales pueden ser distintos en su origen, pero comparten una consecuencia común: generan una ruptura abrupta de la sensación de seguridad que sostiene la vida cotidiana.

En salud pública sabemos que los niños y los adultos mayores son las poblaciones más vulnerables emocionalmente durante y después de una emergencia. En ambos casos, la capacidad de adaptarse al trauma depende sobre todo del apoyo familiar, comunitario y sanitario que reciban en las primeras semanas y meses tras el desastre.

En los niños, la pérdida del hogar, la interrupción de la escuela, la separación de familiares y la exposición a imágenes de destrucción pueden desencadenar respuestas de estrés agudo. El miedo persistente, las alteraciones del sueño y las regresiones del desarrollo son manifestaciones frecuentes. También pueden aparecer ansiedad, aislamiento o dificultades de aprendizaje. En muchas ocasiones, los menores no expresan verbalmente su sufrimiento; lo comunican mediante cambios en su conducta, irritabilidad o síntomas físicos sin una causa médica aparente.

Los adultos mayores enfrentan desafíos igualmente complejos. La pérdida de su vivienda representa, con frecuencia, la pérdida de su historia. Fotografías, recuerdos, objetos familiares y espacios construidos durante décadas desaparecen en cuestión de segundos. A esto se suman la interrupción de tratamientos médicos y la dificultad para conseguir medicamentos. Las limitaciones de movilidad y el temor de convertirse en una carga para sus seres queridos completan un cuadro que incrementa el riesgo de ansiedad, depresión y deterioro cognitivo.

Lo que hemos visto en Puerto Rico tras el huracán María, y lo que se ha documentado en otros desastres, es que la recuperación emocional se extiende mucho más allá de la reconstrucción física. Mientras las carreteras se reparan y los edificios vuelven a levantarse, muchas personas continúan viviendo con hipervigilancia, miedo ante nuevas lluvias o temblores, alteraciones del sueño y síntomas compatibles con trastorno por estrés postraumático.

La salud mental no debe considerarse un componente secundario de la respuesta a emergencias. Debe formar parte de la primera línea de intervención. Los primeros auxilios psicológicos, la identificación temprana de personas en riesgo, la continuidad de los servicios de salud mental y el fortalecimiento de las redes comunitarias han demostrado mejorar la capacidad de recuperación de las poblaciones afectadas. Los estudios realizados después de María en Puerto Rico, entre otros, muestran que la intervención temprana disminuye el riesgo de secuelas emocionales persistentes y favorece la resiliencia individual y colectiva.

Los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela y la experiencia vivida tras Irma y María nos recuerdan una lección fundamental: los desastres naturales no terminan cuando cesa el movimiento de la tierra o cuando el viento deja de soplar. Para miles de sobrevivientes, especialmente niños y adultos mayores, la verdadera reconstrucción comienza mucho después.

Como profesionales de la salud, no podemos limitarnos a tratar las lesiones visibles. Reconocer el miedo y acompañar el duelo son también parte de la medicina. Puerto Rico aprendió esto de la manera difícil tras María; ojalá, Venezuela, pueda aplicarlo desde ahora, sin esperar años para atender lo que no se ve a simple vista.

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