Una persona sentada en el suelo, con la cabeza apoyada entre las manos, expresando sentimientos de tristeza o agobio.
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El consumo problemático de sustancias, junto a trastornos mentales, requiere una estrategia comprensiva con una respuesta multidisciplinaria de forma simultánea.

“La integración, con empatía y conocimiento, no solo salva vidas, sino que también devuelve dignidad”, resaltó el licenciado Gilberto Alemán, consejero en uso y abuso de sustancias de la Universidad Central del Caribe.

Durante el 4to. Simposio de Salud Mental y Uso de Sustancias, que organizó la Asociación de Salud Primaria de Puerto Rico, Alemán explicó que un posible ejemplo de estos casos de comorbilidades podría ser alguien que padece de depresión y abusa de alcohol. También, mencionó, una persona que consume cocaína y esta conducta le conduce a una psicosis o ansiedad severa.

“Tratar uno sin tratar el otro es un enfoque clínicamente insuficiente. Se deben abordar (ambos) de forma simultánea”, insistió. El experto en salud mental advirtió que muchas veces el enfoque es intervenir con una de estas situaciones (como el abuso a sustancias) y luego con la otra (la condición mental), pero “no necesariamente uno causa el otro”. “Comencemos a mirar más a fondo cómo se entrelazan y empecemos a buscar modelos fuera de los tradicionales”, planteó.

Para ofrecer una idea del alcance de estos casos, Alemán comentó que, según la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud Mental (2022), aproximadamente el 50 % de los adultos con un trastorno por uso de sustancias también presenta una condición mental. Además, un 60 % de los adultos con un trastorno mental severo han usado sustancias de manera problemática en algún momento de su vida.

Lic. Gilberto Alemán, consejero en uso y abuso de sustancias de la UCC.
Lic. Gilberto Alemán, consejero en uso y abuso de sustancias de la UCC.

A nivel local, sostuvo, según datos de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA), datos del 2023 revelan que más del 40 % de los participantes que reciben servicios por uso de sustancias reportan síntomas consistentes con, al menos, un diagnóstico psiquiátrico no tratado o solo parcialmente.

Entre los factores de riesgo encontrados, el consejero profesional señaló los siguientes: exposición a traumas relacionados a desastres naturales (como huracanes y terremotos), desempleo crónico y pobreza estructural, acceso fragmentado a servicios clínicos y el estigma persistente tanto en la salud mental como en el uso de sustancias. “No es un problema solo clínico, sino social y de salud pública”, reiteró.

La comorbilidad o presencia simultánea de un trastorno por uso de sustancias junto a una afección mental provoca que su interacción genere complicaciones, explicó. Un incremento en el riesgo de hospitalización, un aumento en el riesgo de suicidio y una disminución en la adherencia a medicamentos son algunas de sus consecuencias.

“Esto se traduce en sobrecarga hospitalaria, altas tasas de readmisión y limitaciones en servicios ambulatorios”, dijo.

Además de dificultades con la retención de empleos y el desarrollo de relaciones sociales, Alemán enfatizó que esto también produce altos costos a nivel emocional, social y humano.

“Según SAMHSA (Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias) y la Asociación Americana de Psicología, existen unos principios básicos por los cuales deberíamos regirnos para alcanzar un tratamiento integrado”, indicó.

Bajo esta estructura, Alemán reiteró la importancia de una intervención simultánea para tratar ambos trastornos (uso de sustancias y condición mental) a la vez. Abordarlos de forma separado, subrayó, reduce significativamente la efectividad clínica.

Otro concepto que se debe seguir es el de la “planificación centrada en la persona”, partiendo de que cada individuo tiene una historia, contexto social, necesidades y objetivos únicos. Además de colaboraciones interdisciplinarias, el consejero resaltó la urgencia de mantener un acceso continuo y flexible de modo que permita múltiples entradas al sistema, así como la continuidad del tratamiento, a pesar de recurrencias o ausencias del participante, dijo.

Aun en modelos integrados, indicó, puede haber interrupciones de servicios o esfuerzos duplicados o contradictorios. Por eso recomendó una estructura completamente integrada donde todo el equipo trabaje como una unidad, con un solo expediente clínico y un tratamiento coordinado, con reuniones regulares para medir el progreso del participante.

“No siempre se puede implementar el modelo ideal, pero se pueden compartir planes de trabajo (entre profesionales de la salud que atienden un mismo caso), hacer llamadas continuas de seguimiento y capacitaciones. Que el participante no sienta que está siendo atendido por tres programas distintos, que se vea esa cohesión”, dijo.

Por otra parte, recordó que imperan barreras, como estigmas institucionales.

“Aún hoy, muchas instituciones de salud mental no atienden a personas activas en consumo, y muchos programas de trastornos de uso de sustancias rechazan a personas con condiciones como esquizofrenia o trastorno bipolar”, lamentó.

También advirtió que hay muchos profesionales que no han recibido formación específica para atender a personas con ambos trastornos, por lo cual los refieren o rechazan, en lugar de atenderlos. Además, reconoció la fragmentación del sistema de salud.

“En Puerto Rico, salud mental, uso de sustancias, servicios médicos y justicia penal operan en gran medida como sistemas independientes. Esto causa que los participantes “caigan por las grietas” del sistema”, deploró.

Acuerdos colaborativos entre instituciones claves (hospitales, tribunales, programas ambulatorios y organizaciones sin fines de lucro), el uso de telemedicina para ampliar el acceso (especialmente en áreas rurales o con falta de psiquiatras) y financiamiento garantizado a nivel de política pública para modelos integrados fueron algunas de sus estrategias recomendadas para superar barreras.

“El enfoque tradicional de tratamientos paralelos y fragmentados ha demostrado ser ineficaz y, en muchos casos, iatrogénico. La solución está en avanzar hacia modelos completamente integrados, basados en evidencia, culturalmente sensibles, y sostenidos por alianzas interinstitucionales”, concluyó Alemán.

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